CAMBIOS

El día que vi a tres grandes cuervos posados sobre el cuerpo de Don Anselmo supe que ya era hora de sustituirle. Y es que después de 15 años al servicio de la familia, el viejo espantapájaros ya no asustaba a nadie. Con el paso de los años, Don Anselmo pasó a ser un miembro más del paisaje. Su familiaridad era tal, que todas las mañana le dábamos los buenos días. Y al marcharnos por la tarde nos despedíamos deseándole que pasara una buena noche. Año tras año Don Anselmo nos acompañaba en las duras labores del campo. Pero en los últimos meses ya no asustaba a nadie. Era necesario realizar cambios.

Lo mismo había ocurrido cuando tuvimos que sustituir a Fermín, el viejo percherón, por un tractor. A pesar de que él asumió encantado su nueva vida de holgazanería. Los cambios son necesarios y no debemos aferrarnos a las cosas solo por sentimentalismos. Y, aunque me asustaba pensar en ello, algún día yo también sería sustituido, ya que mi cuerpo cada vez aguantaba menos los rigores del campo. Por ello miraba con pena al viejo Don Anselmo, viéndome más reflejado en él de lo que me gustaba reconocer. Recuerdo cuando mi hijo mayor sustituyó el viejo saco de patatas que tenía por  cabeza por una bonita tela rellena con paja que se asemejaba a una cabeza humana. Incluso le fabricó dos orejas talladas de un trozo de madera. Y  mi pequeña Rosa, mi hija menor, le creó unos rasgos demasiado agradables como para cumplir su cometido. Pues, más que dar miedo, tenía una simpática cara, con una gran sonrisa. Quizá a ello contribuyeran los ojos verdes acompañados con unas largas pestañas que le dibujó.  O una nariz demasiado grande que años antes había pertenecido a un míster potato. Sea como fuese, Don Anselmo tenía cara de bonachón y enseguida te olvidabas de que solo era un trozo de tela. Años después, mi nieto le puso un parche de pirata en un ojo y un garfio en la mano. Estaba obsesionado con los piratas y decía que era el único espantapájaros pirata de la región. Incluso le colocó una bandera pirata en el suelo que ondeaba orgullosa cuando hacía viento. Mi mujer le puso mi sombrero verde, heredado de mi abuelo, el cual nunca llegué a poner. Fue un regalo de Navidad para Don Anselmo de su parte, alegando que las cosas que guardan polvo durante años atraen la dejadez y la mala suerte. Aunque yo creo que era porque creía que simplemente le quedaba bien. También le pusimos mi traje de los domingos, que ya no me servía, y un vecino le agregó un bonito pañuelo color rojo escarlata que, según él, eliminaba lo malo y traía suerte a las cosechas. Cuando mi hijo el mediano rompió sus botas de jugar al fútbol se las puso a Don Anselmo, pues decía que le daba pena tirarlas. Y un día me quedé de piedra cuando la viuda Amalina le  puso el reloj de su difunto esposo, diciendo que creía ver el alma de su marido en la sonrisa del espantapájaros. Incluso Don Germán, el hombre menos sociable del pueblo, le llevó una vez un paraguas diciéndome enfadado que tanta lluvia acabaría por destruirle. Era curioso como un simple trozo de tela podía influir tanto en la vida de las personas. Marianela siempre recordaría que su primer beso fue detrás de Don Anselmo, mientras escapaba de la mirada escrutadora de su padre, Pedro el manco, en la época de la siembra. Y como olvidaría Susana, la madre de los mellizos, que se puso de parto bajo su sombra, mientras les llevaba una jarra de agua a los trabajadores en un caluroso día de verano. Además de otras historias que sólo Don Anselmo y sus protagonistas guardarán con mucho celo a través del paso del tiempo, convirtiéndose en muchos de los secretos que guardaba este pirata de campo. Por eso, cuando le conté a mi familia que debíamos retirarlo, todos se opusieron con firmeza.

Incluso la viuda Amalina, que apareció de la nada, se negó en rotundo. Mis nietos propusieron crear una familia para Don Anselmo, ya que así no estaría tan solo y asustaría a posibles visitas indeseadas. Pero yo sabía, en lo más hondo de mi corazón, que esto heriría en su orgullo al espantapájaros. Así pues, me acerqué a él y poco a poco fui desmontando prendas y prendas de  historia, recuerdos, deseos, esperanzas, sueños y anhelos. Y mientras me dirigía hacia la casa de la viuda Amalina con todo lo que alguna vez había sido Don Anselmo, el viento, o eso quiero creer, me susurró una palabra llena de agradecimiento y esperanzas al oído. Quizás fuera fruto de mi imaginación, que a mi edad ya me jugaba malas pasadas, pero me pareció que la sonrisa de Don Anselmo era cada vez más amplia.

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