Estrella lejana

 

Las sombras de la noche hicieron acto de presencia una vez más y ni el fulgor de la luna llena pudo hacer que estas desaparecieran.

Unos pasos demasiado precipitados rompieron el monótono silencio. Se trataba de Semjase, que corría a encontrarse con su amante.

Ambos sabían que su amor estaba prohibido y maldito, destinado al fracaso. Ella, una mujer de color que trabajaba en los campos de tabaco. Y él, un rico terrateniente hijo de la dueña de la plantación. Pero la pasión y el deseo podían más que la precaución y así, cada vez que podían, corrían al encuentro uno del otro.

Semjase, que significaba “estrella lejana”, sintió como el corazón palpitaba con fuerza cuando se encontró de frente con Frederick, que iba vestido con un traje panamá completamente blanco, que contrastaba con el color ébano de ella.

Ambos amantes se abrazaron y se besaron con ardor, mientras sus manos trataban de recorrer precipitadamente el cuerpo del otro, con el temor a ser descubiertos en cualquier momento. Su pasión nunca terminaba de saciarse. Ambos desearían gritarle al mundo entero lo que sentían el uno por el otro. Pero sabían que pertenecían a dos mundos completamente diferentes y las consecuencias de su trasgresión.

Un perro aulló a lo lejos y, justo en ese momento, sonó una campana. Semjase tuvo un mal presentimiento. No pudo explicarlo, pero sintió que las piernas perdían toda su fuerza y la cabeza empezó a darle vueltas. Unas fuertes nauseas se apoderaron de su estómago y notó como la bilis subía por su garganta.

Semjase se separó de Frederick, que la miró con preocupación.

– ¿Qué te ocurre, amor mío? – Le susurró apretándole las manos, que estaban frías como el mármol.

¡La muerte! – Exclamó ella. – Nos acecha.

Frederick sabía que los nativos podían ser muy supersticiosos, pero también había visto cosas que hacían que respetara sus creencias. Así que se quedó callado y sólo supo abrazar a su amada con toda la ternura del mundo, esperando que ella encontrara consuelo y protección entre sus brazos.

Pasaron varias semanas y la vida seguía igual que siempre. Era la temporada estival y la gente se refugiaba en sus casas de aquel lugar que los nativos llamaban el Caldero del Diablo.

Frederick hubiera preferido estar durmiendo la siesta para aliviar aquella modorra que lo aturdía. Pero, por desgracia, tenía que atender a un compromiso importante en la hacienda.

El general Bradnchester y su hija acababan de llegar a aquellas tierras remotas y Henriette, la madre de Frederick, los había invitado a tomar el té.

Los Bradnchester habían acumulado una gran fortuna en las minas de diamantes de Sudáfrica. Se decía que su riqueza estaba cimentada sobre muerte, dolor y sufrimiento, pero a ellos no parecía importarle.

Ángela, la única hija del general Bradnchester poseía una belleza turbadora. De tez pálida, casi marmolea, ojos del color del cielo y pelo como el trigo, podía considerarse toda una beldad. Pero, lejos de parecer una flor delicada, algo en su postura y en el desdén de su mirada hizo que la señal de alerta sonase en la cabeza del muchacho.

La velada ocurrió sin nada reseñable que contar y los Bradnchester marcharon con la promesa de enviarles una invitación para una cena en su hacienda la próxima semana.
El joven Frederick fue a reunirse con Semjase en cuanto tuvo ocasión. La encontró sola, sentada sobre el tronco de un viejo tronco caído y, en ese momento, allí sentada, contemplando la luna, le pareció la mujer más hermosa del mundo.

Se acercó sin hacer ruido y la abrazó con fuerza por detrás. Ella, lejos de asustarse, esbozaba una sonrisa. Podía reconocer su olor entre un millón de olores diferentes.
Él se sentó junto a ella y se quedaron un rato en silencio, contemplando la luna, absortos en sus respectivos pensamientos. Podrían haber pasado así la eternidad, el uno junto al otro.

La vida siguió su curso y Semjase dividía su tiempo trabajando de sol a sol en los campos de tabaco, ayudando en su casa en las tareas del hogar, y ocupando las noches con su enamorado.

Aquella noche llevaba puesto un vestido blanco de algodón con volantes que realzaba su contorno. A Frederick le encantaba aquel vestido que estimulaba su imaginación y aumentaba su lujuria. Ella corrió hacia su lugar de encuentro con el corazón anhelante, como cada noche, pero él no se presentó.

Tampoco lo haría al día siguiente, ni al siguiente, ni al otro más. Nadie sabía darle explicaciones de su paradero, parecía que se lo había tragado la tierra.

Una tarde, mientras recogía la planta del tabaco en el caldero del diablo, sintió como su corazón se rompía en mil pedazos.

Frederick, montado en su viejo caballo Tam, iba acompañado de la mujer más hermosa que Semjase había visto nunca. Él no pareció reparar en ella y eso le dolió aun más. Con pesar, vio como la mujer se inclinaba sobre su caballo y le susurraba unas palabras al oído mientras le acariciaba sin ningún tipo de disimulo la mano. Él se echó a reír con nerviosismo mientras le acariciaba los dedos con los suyos.

Un mes más tarde anunciaron su boda.

Semjase no pudo ni siquiera acercarse a menos de cien metros de su amado. Cualquier intento era frustrado de una forma u otra.
Desesperada se presentó a la iglesia el día de su boda y vio como la feliz pareja salía sonriendo y abrazándose tras la ceremonia.

Cogiendo fuerzas de flaqueza, se acercó a la pareja y fue en ese momento cuando lo comprendió. La bella y angelical mujer la agarró por la muñeca con fuerza y notó como su mirada se transformaba. No parecía una mirada humana, sino más bien algo sobrenatural. Semjase tuvo miedo y deseó salir corriendo de allí, pero no podía, estaba paralizada. Y, por algún extraño motivo, no podía apartar sus ojos de los de aquella mujer. Comprobó que su azul no era límpido, sino más bien frio como el acero. Pero vio algo más. Un fuego interno emanaba de aquella mujer que aún la tenía agarrada de la mano.

Frederick la miraba sin decir una palabra, como si no la reconociese.

Vamos, querido, debemos saludar a los invitados. – Dijo Ángela con un marcado acento.

Y así, cogidos del brazo, se alejaron, no sin que antes la mujer le lanzara una mirada capaz de fulminar los mismos pilares del infierno.

Habían pasado varios mese desde la boda y Semjase era un recuerdo de la mujer que un día fue. No había nada que la sacara de su apatía. En su fuero interno, siempre pensó que aquello podía llegar a ocurrir. Ella no era más que una esclava enamorada de su patrón. Había escuchado decenas de historias parecidas. Al final, el resultado era siempre el mismo. El patrón terminaba casándose con alguien de su misma posición social. Pero había algo en aquella historia que no le terminaba de cuadrar. Frederick estaba enamorado de ella. De eso estaba segura.

La joven nunca había perdido el hábito de acudir al lugar que usaba para sus encuentros clandestinos con Frederick. Aquella noche la luna brillaba con fuerza en el firmamento. Y, de repente, percibió aquel olor embriagador. Por un instante sus fosas nasales se contrajeron tratando de aspirarlo por completo. La mezcla de varios tipos diferentes de flores, musgos y otros olores indeterminados flotaban a su alrededor. Pero, debajo de todos ellos, estaba un olor muy particular mezcla de tierra y humedad, de flores podridas y a dulzor extremo; el olor de la muerte.

No le hizo falta girarse para saber quien estaba justo detrás de ella.

Hace una bonita noche para pasear. – Dijo con su voz aflautada.

Semjase no contestó y se limitó a seguir contemplando la luna y la noche estrellada.

– Nunca llegó a amarte, solo fuiste un entretenimiento para él. Me lo ha contado todo. Vuestros encuentros clandestinos, las palabras que le susurrabas al oído, incluso me contó aquella vez que su madre mandó darte 7 latigazos por el incidente con aquel capataz. ¿De veras creías que un hombre así podría tomarte en serio? – Su tono aflautado cambió hacia otro más denso, más oscuro y gélido. – Mírate, no eres nada niña. Ocúpate de tus tareas en el campo y deja de soñar con él. Busca a un esclavo con el que poder formar tu propia familia. Porque ahora es conmigo con quien yace en la cama.
Semjase sintió como dos gruesas lágrimas rodaban por sus ojos. No quería que la mujer la viese llorar, pero su cuerpo empezó a temblar ligeramente. Ángela dio la vuelta y se dispuso a marchar, pero, en el último momento se giró y dijo:

Por ahora es una advertencia. No hagas que se convierta en una amenaza.

Y, dicho esto, se marchó con el mismo sigilo con el que había llegado.

Al día siguiente su madre la esperaba con lágrimas en los ojos. La patrona había dado órdenes de que la joven debería ir a trabajar a los campos del sur.

A Semjase ya nada le importaba. Había perdido lo que más amaba en la vida y tanto le daba estar en un lugar que en otro.

Preparó sus escasas pertenencias y se preparó para una noche sin sueños. Pero un impulso de última hora hizo que se calzara sus viejas alpargatas y que empezase a caminar sin rumbo en la fría noche.

Llegó hasta el viejo cobertizo y le extrañó escuchar un murmullo en su interior. A aquellas horas nunca había nadie. De hecho nunca había nadie desde que se construyó en nuevo, más espacioso e iluminado.

La joven entró con precaución y lo que vio la dejó sin aliento. Había escuchado contar viejas leyendas a su abuela, pero pensaba que eran viejas historias para asustarla y entretenerla a partes iguales.

Ángela estaba en mitad de la estancia completamente desnuda. A su lado había un total de cuatro hombres, todos negros como el ébano y también desnudos, que entonaban una canción con clara influencia africana. Por unos instantes la musicalidad de los tambores la envolvió y se dejó arrastrar a unas tierras lejanas que nunca había visto. Pero podía sentir desde los rayos de sol que caían sobre su cuerpo, hasta la suave brisa que acariciaba su rostro.

Miró hacia el suelo y vio una extraña estrella de cinco puntas. A su alrededor había dibujados extraños cirulos de las formas más caprichosas que se podría imaginar.
Pero, lo que la hizo horrorizarse por completo, fue percatarse de que, en una esquina de la habitación, completamente desnudo, se encontraba Frederick.

Vaya, mirad quien ha venido. Te esperábamos querida. – Dijo Ángela dirigiéndose hacia ella.

Semjase deseó salir huyendo pero sus pies se mantenían clavados en el suelo. Los hombres empezaron a entonar aquel cantico tan atrayente. Se imaginó a sus antepasados, en algún lugar remoto de áfrica, entonando el mismo canto, y danzando sin parar.

Uno de los hombres la agarró por el brazo y empezó a girar con ella a un ritmo frenético. La joven empezó a marearse y a notar que todo a su alrededor le daba vueltas.

De repente la danza paró y se encontró desorientada en mitad de la estrella.

-Tu alma es tan pura como lo es tu corazón. Vas a ser un buen obsequio para Raacq.

Semjase se arrastró por el suelo para intentar escapar pero notó como la agarraban con fuerza y la sujetaban, colocándola boca arriba.

No te resistas, será peor. – Dijo Ángela. – Verás, la magia tiene un precio. En ocasiones este es muy alto. Mi padre conoció a un hechicero en las altas tierras del Berium, al sur de áfrica. Mi padre quería amasar una inmensa fortuna. Pero tuvo que pagar con la vida de mi madre. Ella perdió la vida al nacer yo. Cuando yo tenía cinco años contraje una extraña enfermedad para la que no existía cura. Y mi padre volvió a hacer un pacto con el hechicero. Y éste pidió que, cuando yo adquiriese uso de razón, serviría al Señor Raacq con devoción y servidumbre. Y, desde entonces, ese ha sido mi destino.

Pero ¿Por qué Frederick? – Exclamó horrorizada. – Vosotros tenéis más dinero que su familia.

No se trata de dinero, sino de poder. – Dijo con una sonrisa. – Mi esposo posee un ilustre apellido. Mi padre y yo tuvimos que salir precipitadamente de África. Dejamos nuestra riqueza y fortuna allí. Apenas pudimos sacar una parte de nuestro tesoro. Los esclavos se amotinaron y tuvimos que huir.

Decidimos venir a estas tierras y, el resto de la historia ya lo conoces. No es nada personal contra ti, simplemente te has entrometido en mis planes y debo eliminar todas las piedras del camino.

La joven empezó a gritar y a sacudirse, pero era en vano. –aquellos hombres parecían estatuas imposibles de atravesar.

Angélica se acercó a Frederick, que contemplaba la escena impasible, y le dio una daga.

Mátala. – Dijo con una voz azucarada. – Clávale esta daga en el corazón y obtendrás todo lo que desees.

Semjase lloraba sin cesar. –No lo hagas. – gritó. – Yo te amo. Y tú me amas a mí. No sé qué tipo de encantamiento te ha hecho esta bruja, pero no la escuches. Mira en lo más profundo de tu alma y de tu corazón.

Frederick cogió la daga y se acercó despacio hacia la joven.

Mátala. – Repetía Angélica sin cesar. – Mátala y tu alma será libre.

Frederick la miraba con sus ojos velados con frialdad. Semjase sabía en que lo había convertido aquella maldita bruja. Tenía muchos nombres, pero en su tierra se llamaba zombi. Había que ser una hechicera muy poderosa para crear uno. El proceso requería de muchos meses. Poco a poco, la hechicera anulaba la voluntad de la víctima hasta reducirla completamente. El zombi perdía por completo su capacidad de razonar o de pensar. Era una cascara vacía. Ya no tenía alma ni sentimientos, ni corazón. Se convertía en una mera marioneta de su conversor.
Obviamente, no estaba muerto. Pero su alma estaba atrapada en un lugar que los lugareños llamaban el Oijin. Un lugar entre la vida y la muerte similar al limbo.

Frederick levantó la daga y, con un golpe certero, atravesó el corazón de la joven. Ésta sintió un dolor inmenso como el que nunca había experimentado. Apenas duró unos minutos, pero solo deseaba que todo terminase pronto. No era un dolor físico, como había imaginado, Sino el dolor mental por haber sido apuñalada a manos del hombre al que amaba.

Frederick murió poco después, de, según la versión oficial, una extraña enfermedad. Su madre había visto su deterioro en los últimos meses y lloró con pesar su pérdida. Su pena era tan grande que apareció colgada de un árbol varios meses después. Nadie se explica como aquella mujer tan débil tuvo la fuerza necesaria para hacerlo.

Ángela heredó el status que el apellido de su esposo conllevaba. Todo el mundo se compadecía de la joven viuda que había sido víctima de tantas desgracias.

Un año después la viuda conoció a un rico terrateniente, propietario de olivos en España. Pensó que ya era hora de marchar. Los aldeanos murmuraban a sus espaldas y la llamaban demonio. Pronto ocurriría como en Sudáfrica.

Nadie pareció extrañarse del repentino compromiso de la joven con el español.

Ángela se asomó por la ventana la víspera de su viaje a España. Le apenaba dejar aquellas tierras, pero sabía que debía seguir su camino. Había mucho mal que hacer. Y España le parecía un lugar tan bueno como cualquier otro.

Un frio gélido le atravesó la columna vertebral.

Se dio la vuelta y se encontró cara a cara con un espectro.

– ¿Tú? – Dijo con un titubeo en la voz. – ¿Crees que puedes asustarme, maldita esclava?
Semjase derramó una lágrima al tiempo que estiraba los brazos con fuerza y le propinaba un fuerte empujón a la hechicera.

Ésta gritaba pidiendo ayuda al Raacq. Pero éste la había abandonado. Con terror vio como las entrañas del infierno se abrían y cientos de manos la agarraban para conducirla a tormentos innombrables durante toda la eternidad.

Semjase vio como la hechicera desaparecía para siempre del mundo de los vivos.

– Toda la magia tiene un precio. – Exclamó.

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